Vorágine
Mateo Flores Rivera, 1er semestre de filosofía.
A mitad del día hay una pequeña luz que invade los vitrales de la casa y que va llenando las estanterías con un brillo repentino. Todo lo contenido en éstas se ve sometido a su juicio y es dotado con una segunda vida para la cual no hay testigos. Son sólo los objetos los que esperan la redención de la media tarde: ese segundo donde se les permite salir del maleficio que los contiene como entes inanimados, para poder experimentar así la gracia de una realidad misteriosa. Se puede decir que durante esa prolongación el piso de la habitación se vuelve un campo de múltiples pruebas y novedosas batallas. Los libros se abalanzan sobre el suelo, y las palabras contenidas en ellos sueñan que son ficción; los discos también salen de su escondite, para recrearse en una gama de múltiples tonalidades y silencios. Las cartas guardadas, por un momento, construyen realidades que se quedaron ocultas en la nada. Todo esto sucede en un lapso muy breve, y es —tal vez después de treinta segundos de continua acción— que los rayos del sol se vuelven más fuertes. Entonces los objetos saben que es la hora de regresar. Pero hay unos pocos que deciden no hacerlo, quedándose a la expectativa de un milagro que los dignifique y les devuelva la vida. Su misión es claramente imposible, en menos de un segundo son devorados por una luz que los aniquila. Más es a ellos a quienes debo la fuerza de este relato, pues de no haber sido esta su decisión, ningún registro quedaría de la vitalidad que los aguarda. Es siempre una pluma, usada la noche anterior, la que ahora —encontrándose sin tinta— los delata. Aunque, últimamente algo curioso ha pasado, los objetos han pretendido rebelarse. La cosa empezó así: estaba yo por salir de casa cuando decidí cambiar dos libros de posición, pensando que de este modo podría determinar —gracias a un pequeño desgaste en los bordes— un golpe en la tapadura o alguna página doblada, la trayectoria que estos habrían decidido tomar. Lo raro es que a mi regreso descubrí el exacto par de libros tirado sobre el suelo. Al momento de agarrarlos (descubrirá usted mi sorpresa, lector) las páginas se marchitaron sobre mis dedos, volviéndose inutilizables. En su momento, lo sucedido me causó una dicha inigualable, pero las cosas empeoraron al día siguiente, cuando descubrí una caja de cerillos suecos. Manufacturada a inicios del siglo XX, extraída con particular cuidado para su colección, aplastada en el piso. Era un golpe sutil el que la venció, causando una pequeña torcedura en la parte central. Por otro lado, las impresiones se volvieron difusas, y los bordes —inexplicablemente— se vencieron. Desde ese momento, ha de creer que hice todo para evitar la sucesión de los hechos, pero esto resultó imposible, y después de dos días fui vencido por la abstinencia.
Al regresar al cuarto, descubrí lo siguiente: dos pequeñas piezas de juguete se encontraban con la cara deslavada y los brazos invertidos en forma de espiral. Una cámara fotográfica se percibía atravesada en el lente por un arco purpúreo que emanaba de los cristales rotos. Un tambor turco, hendido en la membrana, se convulsionaba en el suelo, causando una suerte de sonidos perturbadores. Todos los libros y libretas se encontraban con las hojas rayadas. Finalmente, una carta dada a mí el día de mi cumpleaños y guardada con sumo cariño, se encontraba con las letras totalmente desfiguradas. Todo esto sucedió en 15 segundos. Ahora sólo queda la resignación, pues la casa ha sido tomada por malos espíritus. Mi deseo final es que el tiempo (o cualesquiera sea la fuerza misteriosa que ha decidido tornarse contra mí) le dé una breve tregua a mis temores, para así recoger en un inventario mental todas las añoranzas contenidas en los objetos destrozados. Para mi misión, le ruego, me ayude, querido lector, ya que todo se ha empezado a desvanecer.
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