Bruno
Mercedes Morfín de la Parra, 6to semestre de filosofía
Parecía perdido en sus pensamientos durante el arresto. Él sólo veía muchas luces, muchas personas, y percibía el barullo a su alrededor, pero no terminaba de comprender lo que estaba pasando, o bien, no alcanzaba a discernir si lo que estaba viviendo era un sueño o la realidad.
—Bruno —lo llamó el hombre trajeado, pero no contestó.
—¡Bruno! —repitió, interrumpiendo su trance—. Tenemos que hablar de lo que pasó.
¿“De lo que pasó”? Bruno apenas empezaba a procesar lo que había hecho y ahora debía tener conversaciones al respecto.
—Este… lo que pasó fue lo que tenía que pasar —dijo con voz trémula—. Creo que esperan que me arrepienta o que diga que fue un episodio demencial, o peor, un asunto psicopático planeado. Creo que tú y todos afuera esperan que mienta para parecer inocente o fingir que mis intenciones fueron distintas a las reales, pero yo no puedo hacer eso.
Se quedaron en silencio. A Bruno le parecía que cada segundo que pasaba era más eterno que el anterior, y el abogado no sabía si mirarlo a él o a la mesa. Procedió a explicarle cómo podían proceder los próximos días y cuáles eran sus alternativas y, a falta de respuesta, se marchó y lo dejó solo.
Tan sólo un día antes de que iniciara el juicio se encontraron con una sorpresa. No encontraron a Bruno por ningún lado. Todo su lugar estaba limpio y ordenado, completamente pulcro, y ni rastro de él. Se pusieron a examinar el cuarto cuidadosamente y sólo encontraron un papel, tan perfectamente doblado como un mísero papel podía estar y, escrito con letra sorprendentemente bella, el siguiente mensaje:
Si están leyendo esto es porque me he marchado. No quiero decir que me llevaron, sino que me fui voluntariamente. Si no fuera porque no sé nada, les diría en dónde estoy ahora. Prefiero, por mucho, la seguridad que pueden proporcionarme unas rejas a lo que sea que me espere ahora. Sé que mi sentencia habría terminado en cadena perpetua, pues no soy inocente. Que si me creen o no está enteramente en sus manos, pero quiero que sepan que lo que aquí escribo es la verdad y nada más que la verdad. Aun con la severidad de mi sentencia me habría gustado tener la oportunidad de decir esto ante un juez, aunque sé que eso ya nunca pasará.
Primero, quiero aclarar que no huí, sino que simplemente no me resistí ante lo inevitable. Mi crimen no fue venganza; lo que me harán a mí sin duda lo es. Quisiera decir que logré disipar el miedo por completo, pero aún queda un poco en mí. Sin quererlo, cumplí con mi sentencia antes de ser digno de ella y, ahora, terminaré de cumplirla, se los aseguro.
Nunca fui una persona maliciosa, rencorosa, peleonera o violenta. Mi familia se reducía a mis papás, a mi hermana menor y a mí. Vivíamos con la mayor sencillez. Prácticamente no conocíamos a mi papá. No pretendo hacerme la víctima; de hecho, fui yo el que menos sufrió en todo este asunto. Durante la mayoría de mis estudios tuve buenos amigos que me ayudaron a manejar la situación de la mejor manera.
Hubo un periodo de tiempo particularmente largo en el que dejamos de ver a mi papá. No nos preocupamos porque, aparte de durar más días de lo usual, no había nada de raro en su ausencia. Un día escuchamos un reportaje del canal de noticias más escabroso: la historia de cómo habían encontrado el cadáver (en condiciones que prefiero no mencionar en esta carta) a un lado de una autopista. Bastó un par de comentarios de la mujer que cubría el caso para darnos cuenta de que se trataba de mi padre. Eso, naturalmente, aumentó nuestra miseria.
Un grupo de bravucones, o más bien, de delincuentes, nos molestaban constantemente a mi hermana y a mí. A mí me daba lo mismo lo que me dijeran, pero me enfurecía que le hicieran cosas a mi hermana. Cuando se supo en todos lados la noticia de mi padre, la mayoría reaccionó como era natural reaccionar ante tal tragedia, pero ese grupo de bravucones lo usó para hacernos aún más burla. Por sus comentarios, supe que algo andaba mal. No sólo se volvieron más odiosos: parecían saber demasiados detalles. No tardé mucho en conectar los puntos. Ellos estaban involucrados en el asunto.
Cada que sucedía algún crimen funesto, de alguna forma se terminaba conectando con el grupo, y si alguien se atrevía a acusarlos o señalarlos, terminaba desaparecido o encontrado en pedazos. Entendí, entonces, el poder de los contactos. Sabía también que eran demasiados y demasiado fuertes como para siquiera soñar en ganarles peleando. Más de una vez volví a casa malherido, sobre todo defendiendo a mi hermana de ellos.
Nos siguieron haciendo burla y maltratando, sin patrón y sin razón alguna. Algún buen día tuve que irme del estado por cuatro días por una oferta de trabajo, así que dejé a mi madre y a mi hermana solas, al cuidado de un chucho callejero. Cuando volví a casa, me encontré con lo inimaginable: los cadáveres de mi madre y de mi hermana, con sus rostros prácticamente irreconocibles por el maltrato y la putrefacción. Eso fue la gota que derramó el vaso. Evidentemente sabía quiénes lo habían hecho.
Como era de esperarse, al principio tuve un arranque de ira, seguido de un fuerte deseo de venganza. Pero, gracias a Dios, no me dejé llevar por esto. Esperé. Enterré lo que quedaba de mi familia y me tomé un tiempo para llorarlas y vivir mi duelo. Después me llegó una iluminación. Acusarlos no tenía sentido; sólo terminaría bajo tierra con ellas. Lo que tenía que hacer, no por venganza sino por librar a la sociedad de este mal, era deshacerme de los que pudiera.
Entonces comprenderán: suena a venganza, pero no lo es. Les aseguro que sus crímenes se silenciarán, al menos por un rato. Quizás siga vivo para cuando terminen de leer esto, tal vez esté en una situación terrible o, a lo mejor, mi sufrimiento ya habrá terminado. Sabía que vendrían por mí porque vi las señales y las interpreté. Sabía que no me dejarían decir nada en juicio, quizás porque sería una acusación más con la que lidiar o, quizás, porque habría sido muy vergonzoso para ellos que se supiera que un hombre cualquiera se deshizo de nueve de ellos.
No hay nada más que decir. Ésta es mi acusación, defensa y sentencia. Quisiera no ser recordado ni como asesino ni como justiciero, pero, si tengo que elegir, que sea la segunda. Ahora espero ya estar descansando junto con el resto de mi familia.
Terminaron de leer esto absolutamente perplejos. No entendían cómo el grupo había sacado a Bruno sin que nadie se enterara, mucho menos si esto era verdad. En efecto, los crímenes de este grupo tuvieron un periodo de pausa, no sin antes dejar plantado el cuerpo de Bruno en lo que, alguna vez, fue su casa.



